Capítulo 2: En el corazón del Old School Ving Tsun – Entrenando con Sifu Li Hang Cheung

Capítulo 2: En el corazón del Old School Ving Tsun – Entrenando con Sifu Li Hang Cheung

Después de los primeros días de aclimatación y entrenamiento, una nueva etapa del viaje nos esperaba, cargada de significado y entrega. Esta vez nos dirigimos hacia una zona industrial de Kowloon West, lejos del bullicio turístico y de las calles repletas de neones. Allí, algo escondida entre almacenes y talleres, se encontraba la escuela de Sifu Li Hang Cheung. Nos costó encontrarla, pero como tantas veces ocurre con lo valioso, el camino merecía la pena.

Al abrir la puerta de aquella escuela, sentimos al instante que habíamos entrado en un lugar diferente. No había ornamentos ni comodidades: el aire acondicionado brillaba por su ausencia, las paredes eran sobrias, el suelo estaba curtido por años de práctica, y cada rincón respiraba historia. Lo que teníamos delante no era un gimnasio moderno, sino un espacio autentico, uno de esos sitios en los que se entrena con todo, sin adornos ni filtros. Puro Old School Ving Tsun.

Durante varios días, entrenamos allí más de cinco horas diarias bajo la guía directa de Sifu Li. Aquel ritmo era intenso, físico, profundo. Nos acompañaron dos de sus alumnos, cuyos nombres lamentablemente no recordamos, pero cuya actitud jamás olvidaremos: desde el primer minuto nos trataron como hermanos. No hubo barreras, solo conexión. Cada intercambio, cada pausa, cada corrección, estaba llena de respeto, camaradería y entrega.

Sifu Li nos recibió con una amabilidad natural, casi familiar, y enseguida nos presentó a nuestros Sihings. Ellos se volcaron en compartir lo que sabían, y el ambiente que se generó fue tan cálido como duro. No tardamos en darnos cuenta de que allí no se iba a “tomar clases”, sino a trabajar de verdad. Las jornadas eran intensas, físicas, sin concesiones. El sudor cubría el suelo, los antebrazos acababan llenos de moratones e incluso sangre, pero nuestras caras lo decían todo: éramos felices. Estábamos viviendo algo auténtico e inolvidable.

Entre ejercicios y repeticiones, Sifu Li interrumpía en ocasiones para compartir sus reflexiones. No eran discursos largos ni dogmáticos, sino pausas cargadas de filosofia de nuestro sistema. Nos hablaba con claridad y sabiduría, desde la experiencia vivida, transmitiendo una filosofía que caló profundamente en nosotros. Para él, el Wing Chun que su Sifu Wong Shun Leung le había transmitido durante mas de 16 años no es un “estilo” cerrado, ni una colección de técnicas, sino una forma de razonar, un camino hacia la simplicidad funcional.

 

“Para mi, WSLVT no es un estilo, no es un sistema, es una forma de pensar. Sifu Li Hang Cheung”

Y esa fue una de las grandes lecciones del entrenamiento: cuestionar, razonar, pulir, simplificar. Cada explicación que nos dio, cada pequeño ajuste, estaba orientado a que lo integráramos en nuestro propio trabajo, no a copiar sin pensar. Sifu Li nos alentó a adaptar el conocimiento, a filtrarlo a través de nuestra comprensión y experiencia. Se mostró muy feliz con nuestro nivel, y muy interesado en la manera en la que podríamos incorporar su enfoque en nuestra línea de práctica.

Sus movimientos eran increíblemente sobrios, pero a la vez precisos y contundentes. No había nada superfluo, nada innecesario. Todo tenía sentido, todo tenía una razón de ser. En cada gesto suyo, podíamos ver décadas de trabajo sincero y una fidelidad absoluta a los principios más puros del sistema.

Allí, en aquella modesta escuela escondida en una calle industrial de Kowloon, sentimos que estábamos tocando la esencia del Wing Chun.

La experiencia con Sifu Li Hang Cheung fue, sin lugar a dudas, una de las más intensas e inspiradoras de todo nuestro viaje. No solo por el esfuerzo físico o el nivel técnico, sino por la claridad con la que supo transmitir el alma del Ving Tsun. Fue un entrenamiento exigente, sin adornos ni espectáculo, pero lleno de verdad.

Y también fue un punto de inflexión. Porque sentimos que esa es la línea de trabajo que queremos seguir: un camino que combina simplicidad, eficiencia y reflexión; que nos exige pensar, mejorar, adaptar; y que nos recuerda que, por encima de todo, entrenar Wing Chun es un proceso de ensayo y error en busca de nuestro propio camino individual y colectivo.

A veces, lo más valioso que un maestro puede ofrecer no es una técnica, sino la forma en que entrega su conocimiento. Cuando lo hace con humildad y generosidad sincera, deja ver lo que hay realmente en su interior. Haber vivido una experiencia así es un privilegio, y también un compromiso: enseñar desde dentro, sin adornos, con verdad. Eso es lo que aspiramos a transmitir también nosotros. Estamos eternamente agradecidos a Sifu Li la experiencia que pudimos disfrutar y lo que ha supuesto para nuestro propio proceso y camino, pero sobre todo, estamos impacientes por volver a reunirnos con el en el futuro!

Capítulo 1: Primeras Luces de Hong Kong – Sifu John Wong y la Ving Tsun Athletic Association

Capítulo 1: Primeras Luces de Hong Kong – Sifu John Wong y la Ving Tsun Athletic Association

Tras meses de preparación e ilusión, por fin llegó el momento de comenzar nuestro viaje a Hong Kong. Salimos desde Málaga con destino a Doha, donde haríamos escala antes de llegar a nuestro destino final. Sin embargo, un contratiempo inesperado nos obligó a cambiar de ruta: el espacio aéreo de Qatar fue cerrado de manera repentina, y nuestro vuelo se desvió. Perdimos casi un día entero entre reprogramaciones, incertidumbre y cansancio acumulado, pero nuestra determinación no se tambaleó. Como suele decirse, todo gran viaje comienza con una prueba, y esta fue la nuestra.

Finalmente, llegamos a Hong Kong de noche, con la ciudad brillando bajo nuestras miradas cansadas pero emocionadas. No queríamos perder ni un minuto, así que, después de un emocionante viaje en Taxi como una película de Kung Fu de los años 80, nos lanzamos directamente a conquistar una de las postales más conocidas de la ciudad: el Pico Victoria.

Al llegar a la cima, nos encontramos con algo inesperado: el mirador estaba prácticamente vacío. A nuestro alrededor, un silencio sereno envolvía el paisaje. La noche estaba envuelta por un aire tibio, casi húmedo, y caían unas finas gotas de lluvia que apenas se notaban sobre la piel, como un susurro. Caminé por la famosa calle de Lugard Road, un sendero que serpentea alrededor del pico y que ofrece vistas sencillamente espectaculares. Desde allí, la ciudad se abría como un abanico de luces flotando sobre la bahía: rascacielos relucientes, barcos cruzando el agua como luciérnagas, y el bullicio lejano amortiguado por la altura y la niebla ligera.

Fue un momento de absoluta conexión. Estar allí, después de tantos meses de preparación, con la lluvia suave, el calor nocturno y la inmensidad de Hong Kong a nuestros pies, fue profundamente simbólico. Una bienvenida silenciosa y mágica que marcó, sin duda, uno de esos instantes que se graban para siempre en la memoria.

El día siguiente lo dedicamos a aclimatarnos y a prepararnos para lo verdaderamente importante: nuestro primer encuentro con el Wing Chun en su lugar de origen. Por la tarde, nos dirigimos al barrio de Mong Kok, una de las zonas más vivas y auténticas de Hong Kong. Allí, en la parada de Prince Edward, nos esperaba un viejo amigo y maestro: Sifu John Wong, hijo de Wong Shun Leung. Fue un encuentro cargado de respeto, emoción y admiración mutua. Nos saludamos con una sonrisa y un fuerte apretón de manos, conscientes de que ese momento marcaba el inicio de algo especial.

Después del reencuentro, fuimos a cenar juntos a un pequeño restaurante especializado en fideos de wonton. En ese local modesto pero lleno de historia y sabor, pudimos disfrutar de una cena deliciosa que nos conectó directamente con la cultura local. Los sabores intensos, el calor del caldo, la textura de los fideos… todo nos hablaba de una tradición viva, profunda, que se refleja tanto en la cocina como en las artes marciales.

Un templo de entrenamiento: Ving Tsun Athletic Association

 

Y como broche de oro del día, esa misma noche visitamos por primera vez la Ving Tsun Athletic Association de Hong Kong. Entrar en ese lugar fue como atravesar un umbral invisible entre pasado y presente. Las paredes estaban impregnadas de historia; el busto de Yip Man, el cartel de VTAA y el mitico Muk Yan Jong nos hacían sentir que estábamos en terreno casi sagrado para nosotros.

Lo que vivimos allí nos impresionó profundamente. Desde el primer minuto, fuimos testigos de un nivel técnico extraordinario. Cada movimiento, cada desplazamiento, cada intercambio en Chi Sau o en formas libres, emanaba precisión, control y economía de movimiento. Pero más allá de la calidad marcial, lo que nos conmovió fue la forma en la que se entrena allí: con naturalidad, sin exhibicionismo, sin necesidad de demostrar nada.

Junto Sifu John Wong en la sede de VTAA en Hong Kong

Como nos dijeron varios de sus miembros: “Aquí no se enseña, aquí se entrena”.

No hay clases magistrales, ni discursos, ni jerarquías visibles. Hay práctica, esfuerzo, repetición, y una profunda comprensión colectiva del arte.

A pesar de ese entorno tan exigente, nos recibieron con los brazos abiertos. Desde el primer momento, fuimos tratados con cercanía, respeto y auténtico cariño. Nos ayudaron en todo: nos corrigieron, nos acompañaron, nos empujaron a mejorar sin arrogancia ni distancias. Se respiraba hermandad. Era como estar entre viejos amigos, aunque acabáramos de conocernos.

Esa combinación de nivel técnico altísimo con un ambiente humano cálido y sin pretensiones es algo rarísimo de encontrar. Y allí estaba, ante nosotros.

En un lugar que muchos consideran la cuna del Wing Chun moderno, tuvimos la suerte —y el honor— de formar parte de esa experiencia, aunque solo fuera por unas horas.

Fue un primer día intenso y lleno de contrastes: del caos aeroportuario al orden del entrenamiento; del bullicio de Mong Kok a la calma de la VTAA; de la incertidumbre a la certeza de estar justo donde queríamos estar. Sabíamos que este era solo el principio de una experiencia transformadora.

Galería de fotos en la VTAA