Después de los primeros días de aclimatación y entrenamiento, una nueva etapa del viaje nos esperaba, cargada de significado y entrega. Esta vez nos dirigimos hacia una zona industrial de Kowloon West, lejos del bullicio turístico y de las calles repletas de neones. Allí, algo escondida entre almacenes y talleres, se encontraba la escuela de Sifu Li Hang Cheong. Nos costó encontrarla, pero como tantas veces ocurre con lo valioso, el camino merecía la pena.
Al abrir la puerta de aquella escuela, sentimos al instante que habíamos entrado en un lugar diferente. No había ornamentos ni comodidades: el aire acondicionado brillaba por su ausencia, las paredes eran sobrias, el suelo estaba curtido por años de práctica, y cada rincón respiraba historia. Lo que teníamos delante no era un gimnasio moderno, sino un espacio autentico, uno de esos sitios en los que se entrena con todo, sin adornos ni filtros. Puro Old School Ving Tsun.
Durante varios días, entrenamos allí más de cinco horas diarias bajo la guía directa de Sifu Li. Aquel ritmo era intenso, físico, profundo. Nos acompañaron dos de sus alumnos, cuyos nombres lamentablemente no recordamos, pero cuya actitud jamás olvidaremos: desde el primer minuto nos trataron como hermanos. No hubo barreras, solo conexión. Cada intercambio, cada pausa, cada corrección, estaba llena de respeto, camaradería y entrega.
Sifu Li nos recibió con una amabilidad natural, casi familiar, y enseguida nos presentó a nuestros Sihings. Ellos se volcaron en compartir lo que sabían, y el ambiente que se generó fue tan cálido como duro. No tardamos en darnos cuenta de que allí no se iba a “tomar clases”, sino a trabajar de verdad. Las jornadas eran intensas, físicas, sin concesiones. El sudor cubría el suelo, los antebrazos acababan llenos de moratones e incluso sangre, pero nuestras caras lo decían todo: éramos felices. Estábamos viviendo algo auténtico e inolvidable.
Entre ejercicios y repeticiones, Sifu Li interrumpía en ocasiones para compartir sus reflexiones. No eran discursos largos ni dogmáticos, sino pausas cargadas de filosofia de nuestro sistema. Nos hablaba con claridad y sabiduría, desde la experiencia vivida, transmitiendo una filosofía que caló profundamente en nosotros. Para él, el Wing Chun que su Sifu Wong Shun Leung le había transmitido durante mas de 16 años no es un “estilo” cerrado, ni una colección de técnicas, sino una forma de razonar, un camino hacia la simplicidad funcional.